Historia

La Prehistoria

Desde las épocas más remotas el Valle del Guadalhorce ha sido foco de atracción de los pueblos prehistóricos. Los cerros y montes cercanos al agua fueron el lugar escogido para establecer de manera más o menos estable su hábitat.

Desde comienzos del siglo VIII a.C. hasta mediados del VI a.C., llegaron progresivamente a las costas del litoral mediterráneo pobladores procedentes de Oriente Próximo.

La comarca del Valle del Guadalhorce brindaba unas condiciones óptimas para la agricultura de regadío por la abundancia de agua y por los limos acumulados, siendo los principales productos cultivados el trigo, la vid y el olivo (trilogía mediterránea).

Fenicios, griegos y cartagineses fueron conscientes de la riqueza del Valle del Guadalhorce, lo que originó un rico intercambio de conocimientos que incidieron en un mayor grado de aprovechamiento de los recursos. En definitiva, comenzaron a producirse contactos comerciales y culturales entre ambos extremos del Mediterráneo.

La llegada romana

La irrupción de los romanos en la Península Ibérica trajo consigo una nueva organización del espacio y especialmente la implantación de nuevas formas de infraestructura.

El territorio del Valle del Guadalhorce quedó incluido dentro del Conventus Iuridicus Gaditanus, iniciándose la romanización del territorio y variándose la ubicación de algunos poblados indígenas que tradicionalmente se habían asentado en lugares altiplanos, desde donde se dominaban los accesos. De esta manera florecieron núcleos como Nescania (Valle de Abdalajís).

 

De igual modo, experimentaron un impulso ciudades como Iluro o Cartima, esta última emplazada cerca del curso navegable del río, debido al auge agrícola y comercial del ager cartimitamus, idóneo para la plantación de árboles frutales, olivos y vides, quedando patente la existencia de villas dedicadas a la producción de aceite entre las que destaca la de Manguarra-San José en Cártama.

Asimismo los romanos concibieron espacios como acueductos, aljibes y termas.

El período andalusí

Buena prueba de la llegada y presencia musulmana a mediados del siglo VIII en el Valle del Guadalhorce la constituye el gran número de poblaciones y alquerías que existieron. El eje natural formado alrededor de los ríos Guadalhorce y Grande será intensamente aprovechado durante esta época gracias a sus enormes potencialidades (fertilidad de sus tierras, fuerza motriz del agua, etc.). La localización geográfica de nuestra comarca como nexo natural entre la costa y el interior, así como el papel que jugó en determinados periodos favorecieron la aparición de un amplio abanico de construcciones destinadas a la defensa y vigilancia del territorio.

En relación con la agricultura, se pusieron en vigor nuevos medios de extracción (norias), depósito (aljibes), canalización (atarjeas, acequias) del agua, corriente que estimularon una intensa actividad agrícola y permitieron la irrigación de tierras en otro tiempo destinadas a cultivos de secano, así como de aprovechamiento de su fuerza motriz para impulsar los primeros artefactos industriales (aceñas, batanes). Las técnicas árabes de regadío prevalecieron en el Valle del Guadalhorce a pesar de los numerosos cambios sufridos en lo sucesivo.

La Edad Moderna

La llegada castellana supondrá la necesidad de repoblar y organizar el territorio mediante los Repartimientos.

Las características de la nueva sociedad que trae consigo la incorporación del territorio del Valle del Guadalhorce a la Corona estarán marcadas por un ordenamiento jurídico basado en el nacimiento.

El paisaje agrario de los Repartimientos de 1492 nos da la imagen de una comarca dedicada a la agricultura. Viñedos, olivares y huertas, junto a las tierras de “pan sembrar” son los principales cultivos.

La Edad Contemporánea

La edad contemporánea dejará una importante huella en nuestra comarca. El tren generará muchas de las infraestructuras que sirven para identificar los siglos XIX y XX. Los trazados de carreteras generaron también numerosas infraestructuras, destacaremos especialmente los puentes, que sirvieron para salvar los obstáculos naturales. Realizados en metal marcarán gran parte de nuestro paisaje. Destacamos especialmente las infraestructuras hidráulicas surgidas en el Chorro aloreño, sin duda, la mayor obra realizada en nuestra comarca durante esta época en cuanto a dimensiones y características.

Hacia 1835 se edificarán buena parte de los cementerios, como el de Alhaurín el Grande, Coín y Álora.

La Iglesia también dejará construcciones y vestigios destacables durante estos dos siglos.

El modernismo tendrá su reflejo en numerosas construcciones, tanto domésticas como públicas. El más importante ejemplo, en cuanto a dimensiones y suntuosidad será el palacio de los Condes de Puerto-Hermoso de Pizarra, edificio de corte neomudéjar que sufrió numerosas reformas tras la Guerra Civil.